Dios mío…

«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33)

El 8 de abril será una fecha que quedará estampada eternamente en nuestras vidas. 


Ese día sentí que había muerto también. 

Solo han pasado 4 días y siento el dolor todavía.


La vida es un segundo, escuché.

No somos nada, me dijeron. 


Lo ocurrido fue una tragedia que, además de afectar directamente a quienes fueron aplastados —dejándoles lesiones, heridas y provocándoles la muerte—, también tocó, marcó y cambió profundamente la vida de sus familiares, seres queridos y el pueblo dominicano.


Es fácil escribir algo para criticar y hacer daño, pero eso no aporta en nada en estos momentos. Es por eso que prefiero hablar desde mi corazón…


«Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46)


Cada vez confirmo más que donde todo es certeza, el misterio muere. Y con él, la necesidad de fe. 


Ahora no entendemos lo que ha ocurrido, y muchos acudimos a Él, cuestionándole por qué permitió este suceso. Al mismo tiempo, otros se llenan de ira y maldicen todo lo que ha pasado.


Pero, ¿de qué nos vale maldecir? ¿qué ganamos criticando? ¿por qué buscar a un culpable? Ninguna de estas cuestiones nos harán regresar el tiempo ni mucho menos arreglarán el curso de las cosas. 


Ahora, tengan algo bien claro… Dios todo lo ve. 


«Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos […] Y Jehová enviará contra ti la maldición, quebranto y asombro en todo cuanto pusieres mano e hicieres […] Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu.»(Deuteronomio 28)


No hay respuestas fáciles, ni palabras que sanen de inmediato. Pero sí hay abrazos, manos que se tienden, oraciones que se elevan. Y quizás Dios no nos ha desamparado. Quizás, en medio del caos, nos está llamando a ser luz unos para otros.


Porque el duelo no solo lo viven quienes perdieron a alguien. Lo vivimos todos. Como país. Como comunidad. Porque cuando algo así sucede, se rompe algo en el alma colectiva. Aunque tu familia esté a salvo, algo se te mueve por dentro: el miedo, la tristeza, la empatía. Eso también es duelo, y también merece ser escuchado y tratado con respeto.


En momentos como este, aparece Lucifer con otro rostro, pues nos tienta al morbo, a compartir sin pensar, a consumir imágenes y rumores como si fueran alimento. Nos seduce con desinformación disfrazada de verdad, con el impulso de ser los primeros en decir algo… aunque ese algo duela, confunda o reste humanidad al dolor ajeno.


Pero no caigamos.


La fe no siempre da respuestas, pero sí da dirección. Y aunque caminemos en la sombra, esa fe —la verdadera— no busca culpables, busca consuelo; no se alimenta del ruido, sino del silencio que deja espacio para la compasión.


El mundo no será el mismo después del 8 de abril. 


Nosotros tampoco.


Pero si algo debe nacer de este duelo, que sea la decisión de no dejarnos vencer por la oscuridad.


Que en medio de la aflicción, podamos seguir confiando.


Porque Él ya venció al mundo.

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